De Ríos y de Truchas. Y de Pesca a Mosca. Y de amigos mosqueros.

Aquí se plasmarán todas esas ideas, sensaciones y vivencias de un pescador a mosca y de su grupo de compañeros.

Su finalidad es tratar de inculcar que la pesca a mosca puede llegar a ser una forma de vida.

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jueves, 6 de septiembre de 2012

UNA MOSCA LLAMADA “QUIMERA”, O EL DOLOR DEL RECUERDO.

          Tras un agosto donde he mojado poco mis moscas, inicio singladura por un septiembre esperanzado.

De igual modo renace éste que es el blog de todos vosotros, mosqueros de ley que a él acudis.

Como muestra de agradecimiento por ello, abro el baúl de mis más secretos tesoros y de él extraigo una pequeña joya que os muestro.

Un relato de un grandísimo Caballero Mosquero, una historia allende los tiempos, cuando ser mosquero era anécdota y los ríos, nuestros queridos ríos, estaban sumamente poblados de truchas autóctonas…

Gracias, Luis Antúnez, por permitirme publicar un relato escuchado muchas veces en boca de grandes mosqueros y amigos que compartimos.

Tal cual me llega desde las lejanas tierras Patagonicas, sin omitir ni añadir una coma o acento… 




UNA MOSCA LLAMADA “QUIMERA”.
O EL DOLOR DEL RECUERDO.

 

Buscaba en mis dos cajas algo que remediase el desesperante bolo del día. Varias veces tuve que cambiar el tramo final del bajo de línea porque, de tanto probar moscas y más moscas, la longitud del mismo se quedaba reducida a una cosa insignificante.


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“Ésta ya la probé. Y ésta, y ésta...” Así cerraba una caja, abría la otra y ¡vuelta a comenzar de nuevo!

 Mientras tanto, la ceba seguía, la luz disminuía por minutos al tiempo que mis nervios aumentaban...

 Creo que aquella tarde pasaron por delante de las desconsideradas truchas todos mis modelos, desfile que duraba ya por más de dos horas:


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-“Pero si son hormigas ¿por qué probar tricópteros ni efímeras?” – me decía a mí mismo.

 Y volvía a poner las mismas hormigas ya probadas anteriormente. Lances suaves, lances pesados, dragados, de punta... Madre mía, ¡qué desastre!


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Situaciones similares me suelen ocurrir más veces de las deseadas pero, tan intensas como aquella vez, pocas.

 Además, en otras ocasiones uno suele saber (o creemos saber…) qué mosca daría resultado, pero que al no estar en las cajas no la podemos emplear.

 Esa presuntuosa “seguridad” nos ayuda a llevar el bolo con más alegre resignación.

 Pero aquella tarde me encontraba tan desorientado como un “perrete” perdido.

Y ¡glup!, truchona que se comía quién sabe qué.

Las pequeñas brillaban por su ausencia en aquel preciso punto del río, pues estaban confinadas a otra parte alejada de la enorme tabla.

 Allí sólo había grandes ¡y muy grandes! que hacían desconsiderados gestos de burla a cada modelito que les presentaba.

La noche llegó y la tabla quedó en silencio: sus lentas y cristalinas aguas del mes de agosto (1) brillaban como un espejo; pero era un vano sereno, vacío de toda señal de actividad:

-“¡Si hubiese cogido al menos una para mirarle la boca!... Mañana volveré.”

Y así fue.

En la tarde siguiente la situación se presentó idéntica: truchas grandes y lejos, en otra zona, las pequeñas que esas sí comían hormiguitas.

 Con mí cornuda y fea imitación de hormiga conseguí un par de pequeñitas pero, cuando me ponía sobre las grandes, los rechazos continuaban. ¿Rechazos? No; ¡desprecio absoluto!


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Situado sobre una piedra alta de la orilla veía cebarse una hermosa dama que, pienso yo, debía de estar muy por encima de los cincuenta centímetros.

Observé claramente como pasaban hormigas sobre su cabeza, mas por ninguna mostró el menor interés. Recordé el caso de aquella inolvidable trucha que sólo tomaba las hormigas que se movían y que he comentado en otro lugar.

 Pero ésta vez no era así: pasaban hormigas quietas, moviéndose, solteras, casadas, divorciadas... y ¡nada!

Al cabo de un buen rato pude ver bajar por el río una cosa enorme, tan grande que parecía un verdadero pájaro: la truchona se la comió.

-“¡Bien!- pensé- ahora sólo queda, con suerte, esperar a que baje otra para averiguar qué clase de pajarraco pueda ser ese.”

Más de seis décadas curioseando insectos acuáticos y truchas difíciles, y nunca pude toparme con semejante “abejaruco”, y menos en plena "parada" del mes de agosto (1), época que suele presentar una escasa actividad de truchas serias en el lugar, de no ser sobre hormigas, generalmente movidas por tormentas o tiempo húmedo.


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La zona de la tabla donde me encontraba era más profunda de los dos metros.

Aguas arriba el fondo subía rápidamente y también por detrás.

 Es decir, se formaba un verdadero pozo de arena blanca, por lo cual me era imposible meterme en el agua para cazar algún mosco de aquellos que, además, se presentaban con muy escasa frecuencia.

 No obstante, pasaron un par de ovnis más que la trucha se merendó, pero la noche se echó encima: era evidente que la ceba se desarrollaba en horas centrales de la tarde.

Aunque me quedé igual que en la jornada anterior, me sentía más esperanzado: la pesca en sí quedó en segundo término y sólo me interesaba descubrir aquella incógnita.

–“¡Mañana!”

Y “mañana”, como en los dos días anteriores, y a las mismas horas, mi dama volvió a subir sobre los ovnis supuestamente alados que, lentamente arrastrados por la corriente, descendían con escasa frecuencia por la profunda tabla.

 Había menos cantidad de tales moscardones, pero los había y, desde luego, la trucha se cebaba sobre ellos sin la menor vacilación:

 ¡no dejaba pasar uno!

 ¡Y qué hermosa tomada! Aproximación lenta, muy lenta, y ceba de “beso” ruidosa y firme.


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Saqué de la mochila unos viejos prismáticos y miré: sólo pude ver un bicho parduzco, pues la mala calidad de la óptica del aparato no daba para más.

 ¿Qué hacer? Sencillo, pensé: iría unos cincuenta metros río arriba y me metería por encima de la cabecera de la gran poza hasta conseguir interceptar algún ave fénix de aquellas.

 Pero pasó más de media hora (¡o se hizo eterno el tiempo!) y nada localicé.

 Cuando miraba hacia atrás a la poza de la gran trucha distinguía, muy de tarde en tarde, unos círculos inconfundibles.

 ¿Sería que aquella mosca sólo se encontraba en esa concreta zona de la tabla? No era muy diferente el fondo de toda esa parte del río, por lo cual me extrañaba que esos bichos sólo estuviesen allí, si es que eran habitantes de las aguas.

Nervioso, salí del río y, de nuevo, me situé en la piedra de la tabla profunda.

 Pasó un buen rato y, por fin ¡allí venía otro!

Aquello resultaba impresionante: su volumen desproporcionado hacía un auténtico socavón en la tersa capa superficial del agua, un menisco negativo, tan evidente que resultaba como un bache increíble en la quieta superficie del río.

Estaba desesperado, máxime por el temor de quedarme sin saber qué cosa era aquello.

Por ello no lo pensé dos veces: saqué el caza – mariposas de mano que llevo en el chaleco, me desnudé y, como Adán en el Paraíso, pero sin Eva, me tiré al río:

 ¡ésta vez descubriría qué diablos era aquello!

Puedo asegurar que no me enteré de la temperatura del agua dado lo concentrado que estaba en aquella apasionante caza a lo desconocido.


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Dije al principio que no puedo entender cómo es posible que durante tantos años estudiando el río, sus truchas, sus moscas, sus secretos, en fin, todo, nunca me hubiese percatado de semejante fenómeno.

 ¿Sería la primera vez que ello ocurriría?

 ¿Sería tan rara la caída de aquellos bichos al agua que jamás coincidí con ellos?

 No lo sé; el caso es que nunca pude imaginar que ese insecto terrestre pudiese caer al agua en tal cantidad y continuidad para producir una suculenta ceba de auténticos truchones.

Sea como fuese, y a pesar de ya haberme percatado que estaba helado, me sentí feliz:

 una vez más, el dios del río me habían permitido descubrir otra cosa maravillosa.

 Con la piel arrugadita como los garbanzos en remojo me vestí, más mojado que seco.




Cuando regresé a mi cabaña, en la que tantos años viví feliz junto a mis ríos, el Tajo y el Hoceseca (2), hoy asesinados por sendas minicentrales, por talas mal ejecutadas y por una pandilla de repugnantes furtivos, me precipité sobre el viejo torno de montaje.

 Mi mejor amiga, Linka, perdiguerita de Burgos, puso su cabeza en mis piernas y a cada grito de infantil alegría que yo daba durante la creación del pajarraco, reía y reía como sólo ella sabía hacerlo, risa que en otras ocasiones conseguía alejar algunas pobres lágrimas de mis ojos.

La obra quedó “perfecta” y prometí no mostrársela a nadie fuera del círculo de íntimos amigos, no por egoísmo, sino para proteger a las madres de todas las truchas de ciertos falsos mosqueros que andan sueltos por ahí, los llamados jocosamente por mis amigos gallegos “mareadores de mosca”.



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Aquélla noche no cené; sólo preparé la comida de Linka y de mi buen amigo Lupo, el enorme y “fiero” mastín que, año tras año y noche tras noche, cuidaba de los gallos de León que yo criaba para pluma, y así evitaba que los zorros se los merendasen.

 (Lo de fiero es cierto: podía comerse a una persona... a besos)

 Yo no pude probar bocado y me dormí bien entrada el alba: tenía en mis cajas un nuevo modelo que, además, sólo me daría truchas enormes...

 ¡Qué maravilloso hallazgo!

¡Qué deliciosa e infantil esperanza la de este viejo pescador!

Me llevé la comida al río y a mis dos amigos; quería que fuesen testigos del nacimiento de una portentosa imitación.

 Naturalmente, tendría que esperar hasta la tarde pero, en tanto, los tres lo estábamos pasando muy bien allí.


El sol empezó a caer; mis amigos dormían con profunda serenidad junto a mí, incluso con evidentes signos de estar soñando; yo no quitaba ojo del pozo.

 Tenía preparada mi caña y bien impermeabilizada la moscona, montada en un anzuelo del 10 - 3X largo, 1X fino, sin muerte...

Flotar, lo que se dice flotar, flotaría por ser toda de pelo de ciervo y gracias a los cristales de secado de Salmo, pero a pesar de mí amor paternal sentido por la nueva creación

 ¡qué feo bicho resultaba aquello!

Al contemplarlo mi fe se veía tocada por terribles dudas:

 ¿qué pasaría?

¿Funcionaría o, al ver semejante carabela, saldrían aterrorizadas las truchas?

Sumido en aquellas elucubraciones no me di cuenta de que el reloj solar avanzaba.

 Mi corazón dio un vuelco:

 ¡silencio en la poza!

¿Y si no volvía el milagro?

¡Bueno!,

 por lo menos había solucionado el enigma y los tres amigos habíamos pasado unas horas deliciosas e inolvidables...


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Anochecía. Decepcionado, me entristecí.

 Linka notó mi estado de ánimo como sólo ella era capaz de intuirlo: me miró y se rió, enseñándome todos sus dientecillos.

 Como siempre al verla así, me entró la risa y los tres amigos nos marchamos de la poza para casa, caminando alegres entre avellanos y tilos, bajo unas primeras estrellas veraniegas que, con sus temblores, parecían reírse de mi nueva mosca...

 ¿o quizá de mí?

 El misterioso canto del búho real retumbó por las agrias oquedades del cañón del Tajo.

Han pasado muchos años desde aquellas caídas de cigarras (Chicadetta montana) y no he vuelto a ver otras.

 Tampoco están mis dos amigos, Lupo y Linka:

 uno murió estando yo lejos, quizás de tristeza; a la otra tuve que sacrificarla por tener muchos sufrimientos en sus últimos días.

 No puedo olvidar su mirada en aquel terrible momento cuando, agonizando, lamió mi mano en un adiós desgarrador.

 Aquella Amiga sólo me desobedeció en eso: la tenía dicho que no se le ocurriese partir antes que yo.

 ¡Ni un ser tan maravilloso como lo era Ella puede pactar con la Muerte!


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Si alguno de vosotros tiene la fortuna de topar con esa ceba de fábula, poned el moscardón feúcho y decidme si funciona:

 aun quizá podáis probarlo en algún río de montaña que haya escapado a la destrucción del “progreso” y a los furtivos.

 Y cuando devolváis al agua la gran trucha que os pueda dar esa imitación, recordad a Lupo, a Linka y al viejo amigo que supimos SER felices sin TENER nada.


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Anzuelo: 12 3XL, 1X fino, sin muerte.

Seda: Negra.

Cuerpo: pelo de ciervo marrón recortado para formar el cuerpo. Es bueno quemarlo un poco.

Anillado posterior: naranja claro. Sólo un par de vueltas al final del abdomen.

Alas: en semi – tejadillo, casi planas sobre el cuerpo y más largas que éste. 
Transparentes. (1) (Poly wing o similar)

Pluma: No lleva, o bien 2 vueltas muy abiertas de miel claro. (No lo aconsejo)  


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Agenda:

 En el año 2002 he podido volver a ver muchas cigarras cerca del río, incluso alguna muerta en el agua.

 Me encontraba pescando en las cercanías de Las Juntas del Alto Tajo y recordé aquella “Quimera”.

 La busqué afanosamente en la caja en la que duermen olvidadas imitaciones en desuso y la até al bajo.

 Después de bombardear los lugares presuntamente propicios (no había casi actividad) en un parado, y tras un largo recorrido de la imitación por el agua, una hermosa damita de dos cuartas me la tomó en una entusiasmante subida, efectuada con marcada lentitud.

 Tan lenta fue ella, que a poco no clavé atolondradamente antes del momento oportuno, casi quitándosela de la boca cuando ya estaba a menos distancia de unos centímetros.

 Aun así, la clavé.

Sin levantarla del agua, miré sus ojos que, angustiados, me acusaban de crueldad.

 La memoria me trajo la silueta de Linka y Lupo;

 ¿o estaban de verdad a mi lado?

Ese fue el último día de pesca en “mí” Río, el padre Tajo;

 pronto partiría para el Nuevo Mundo, buscando la Paz que allá me niegan los tiempos.

Sí, deseo alejarme del Alto Tajo; no puedo ver su muerte, de la misma manera que vi morir a Linka y perdí a Lupo. ¿Y yo…?


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Continué con la misma cigarra, mas ninguna otra subida se volvió a producir, por lo cual finalicé quitándola,

 ¿o lo hice por el dolor que sentía?

 Creo que el no conseguir truchas muy grandes se debió, sencillamente, a que ya no quedan en ese legendario Río.

 El “progreso”, los pescadores “deportistas”, ayudados por los tres furtivos oficiales de Peralejos, las han matado a todas, no muy deportivamente.

 Sí, partiré para la Trapananda…


(1)   En el hemisferio norte, agosto es el mes más caluroso y seco del verano.

(2)   “El Hoceseca pone el agua y el Tajo se lleva la fama”, reza un dicho de la Serranía conquense-alcarreña. Ha sido una injusticia científica poner el nombre del Tajo al río que sigue a la confluencia de ambos porque, realmente, las aguas son del afluente, el fecundo Hoceseca, palabra antigua derivada del navarro “hoce” (hoz) y “seca” por poseer un cañadón en el cual el cauce transcurre sin agua, bajo gran cantidad de piedras del lecho. 

1: Nota actual:(Poly wing o similar) creo recordar que es lo que usé en aquella ocasión tan COMPLICADA (jaja) 




                                           Luis Antúnez

2 comentarios:

  1. Que maravilloso relato...yo no lo conocía, gracias por publicarlo Paco.

    Un saludo.

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