Poco tiempo he tenido para tratarlo y disfrutar de su amistad, pero fueron suficientes las semanas pasadas juntos en la Patagonia para que este Hombre (la mayúscula es intencionada) ganara mi corazón de la misma manera que ganaba el de todos.
La Humanidad que desprendía de su persona penetraba en los que le conocíamos como una luz que inunda la vida.
No voy a resaltar sus cualidades como pescador, que las tenía y mucho, pero deseo rendirle un humilde homenaje difundiendo esa faceta humana a la que hago referencia.
Desde muy niño Pepín debió superar miles de dificultades: la guerra civil española con sus secuelas de hambre y exilios, su pubertad laboriosa para sacar adelante a su familia (recolectaba chatarra entre los escombros de la grandes empresas metalúrgicas) y sus peligrosos trabajos en oriente cuando la rebelión kurda puso en peligro su persona, en fin, una vida digna de servir de ejemplo a muchos de nosotros y de sentirnos orgullosos por haberle conocido.
De su libro autobiográfico quiero traer a colación un episodio poco llamativo pero que marcó sus días hasta el momento de la muerte.
Cuando el hambre apretaba en los años que siguieron a la mencionada contienda nacional, el por aquel entonces imberbe Pepín tenía que robar fruta de los árboles vecinos.
Así, un día que era perseguido por los granjeros propietarios, al no saber por donde escapar, saltó una elevada tapia perteneciente a un famoso caserío de Bilbao.
En el otro lado encontró a una niña pequeñita que jugaba solitaria en un columpio.
Para que no gritara asustada, Pepín llevó su dedo índice a los labios para pedirla que permaneciera en silencio. Y dice en su biografía que no pudo imaginar que aquella niña con una larga trenza habría de convertirse con los años en “su Ninfa Constante”, haciendo referencia a Rosa María, su esposa.
Y doy fe de que así ha sido porque Ella le acompañaba en todos los lugares que visitaron últimamente.
Decir que Pepín era cuidado con amor profundo por esta maravillosa Mujer es poco para hacer justicia a la verdad.
Doy fe, personalmente, que durante su viaje en Aysén no faltó el menor momento en el que su “Ninfa Constante” no estuviera pendiente de Él.
Como pescador con mosca hay que resaltar su pasión y entrega a ella.
No tuvo muchos tiempos para dedicarse a este Arte debido a su dedicación al trabajo, pero aun así Pepín había penetrado los escalones del nirvana de nuestra Pesca.
Aquí en La Trapananda debió acostumbrarse a lanzar contra el viento, algo que asumió como un desafío personal.
Deseaba pescar una trucha grande y hacer una foto de ella para llevársela a sus amigos vascos, y lo hizo de una manera infantil, deliciosa.
No nos acompañó el tiempo en esa gira porque la lluvia enturbió algunos ríos importantes; además, y por su avanzada edad, no quiso emplear un patito o embarcación alguna, ni tampoco le gustaba pescar en los lagos, algo muy habitual entre los pescadores europeos que no conocen los entresijos de las aguas paradas.
A mí, cuando llegué a la Trapananda, tampoco eran mi predilección, pero con el tiempo supe entender el comportamiento de las truchas en ellos y disfrutar intensamente de esos lugares.
Pero Pepín no se fue sin capturar varios ejemplares que le hicieron feliz plenamente.
Querían regresar algún año a probar con salmones y truchas gigantes, pero el destino cortó su vida antes de conseguirlo.
Pepín con su mejor trucha de río.
Lamento sinceramente cada “hermano” que nos deja y, por mis años, he conocido a muchos de ellos:
Pepín, pese a nuestras breves semanas de unión, no habría de ser menos.
Tal como me dice Joserra en su correo, quisiera que Pepín pueda seguir pescando allá donde quiera que esté; seguro que logra lanzar contra el viento y engañar con su maestría a esos ejemplares que todas y todos deseamos.
Lo peor es que su Ninfa Constante no lo podrá acompañar en muchos años.
Hasta siempre, hermano Pepín: volveremos a estar juntos.
Luís Antúnez.