Uno está acostumbrado y se adapta a diferentes situaciones, viento, nieve, lluvia, calorina, incluso a repartirse el tramo entre varios pescadores, a lo que no estoy acostumbrado es a la masiva llegada de bañistas que te vayan acosando al punto de tener que dejar de pescar.
Esto es lo que nos ocurrió en Barbellido que, al asomarme a la primera poza del rio vi unas atrayentes cebas y truchas apostadas. En el tiempo que transcurrió entre ver las cebas sobre el puente, buscar un sendero que me dejara por debajo de la poza y llegar hasta ella, media docena de parejitas ya habían ocupado las orillas de la poza y espantado las truchas.
No, no fue anécdota esporádica. Sobrepase la poza y me puse a pescar entre grandes bolos de rocas granítica, pequeñas pocitas, corrientes, zonas atrayentes donde no había forma de pescar más de media hora pues los bañistas llegaban y ocupaban las zonas donde me encontraba pescando.
Truchas pocas, que raudas atacaban al “Mariano” y que raramente se prendían del anzuelo, clavar esos ataques es dificilísimo, entre otras cuestiones porque muchos de esos ataques la trucha rechaza o no se lleva el engaño a las fauces. Y así, de ocho o diez subidas a mi mosca conseguí capturar tres o cuatro pequeñas truchas por la mañana, acosado por parejitas de bañistas que alteraron la acción de pesca al punto de no conseguir encontrar la tranquilidad y placer que busco en una jornada de pesca.
Llegamos a comer al refugio de pescadores, única sombra en kilómetros, después de comer nos asomamos al rio y lo que vimos fue un rio atestado de bañistas. Visto lo cual volvimos a la sombra refugio donde echamos una cabezada y descansamos.
Sobre las 17.30 horas pensamos volver a pescar, decidimos que el tramo bajo del rio al ser mas inaccesible y lleno de maleza estaría menos ocupado. Según bajábamos por la pista no había más que coches aparcados al borde de la pista y un rio atestado de bañistas, lo peor fue que la parte baja del rio estaba aun más ocupada de domingueros, por lo que nos fuimos al pueblo a tomar café y esperar la salida de tanta gente.
Sobre las 20 horas llegamos de nuevo al refugio, en las pozas había bañistas pero la zona de rio inferior ya estaba despejado de gente con lo que podríamos echar unos lances.
Había cebadas, muchas cebadas, la gran mayoría de ellas de alevines de truchas que en las mas de ocasiones no conseguían meterse en la boca la imitación de un tricóptero montado en un anzuelo del 18.
Llegue a la zona donde una valla de piedra llega hasta la misma orilla del rio, dicha zona ya la conocía y, sabía que las truchas se esconden en los huecos de las piedras de la valla. La acción de pesca pasa por lanzar a la valla donde la mosca golpea y cae al agua pegado a la misma. Así, rozando la valla conseguí la captura de alguna trucha.
El sol se oculto y llegaron las sombras del anochecer y el rio hervía de cebas de truchas que durante todo el día habían estado escondidas y asustadas de ver tanto bañista. Casi todas truchas pequeñas del tamaño del dedo meñique, raro del tamaño de un palmo que realizaban picadas fulgurantes muy difíciles de clavar.
Al finalizar la jornada mis compañeros opinaban al unisono, que ha sido un error pedir este coto en estas fechas.
Lasmoscasdepaco.